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La consciencia. Un superalimento en la gran cadena de la vida

Más allá de la luz, el color, la energía y la sustancia, una nutrición integral requiere un componente esencial, que es mucho más que un suplemento. Es un superalimento compuesto de la propia esencia, pues más aún que de todos los otros nutrientes, nos nutrimos de lo que creemos de nosotros, de cómo nos sentimos y nos concebimos.

No sólo somos lo que somos por lo que comemos. También es cierto que comemos lo que comemos por lo que somos. 

Cuando vivimos conscientemente, transformamos nuestro modo de vivir en nosotros y la calidad de nuestras relaciones con todo lo otro. Si alcanzamos el estado ordenado del ser que somos nos convertimos en el mejor alimento de la naturaleza, y nutrimos lo que vemos y tocamos. Todo lo que acompañamos se nutre del orden que emanamos. 

Nuestra presencia consciente es también un alimento extraordinario para la gran cadena de la vida.

Ejercitamos nuestra consciencia a través de la atención, que es un poderoso alimento y una gran medicina, porque allí donde centramos la atención llevamos la energía. Si esta energía lleva consigo un sentimiento de amor, nutrimos con lo mejor de nosotros el mundo.

La consciencia es un superalimento. Una nutrición consciente es aquella en la que comprendemos que con cada nutriente incorporamos a la propia vida una parte del espectro de la gran cadena de la vida. Cuando podamos vivir con gratitud y reverencia el ritual de nutrirnos como aquel de liberar la luz condensada en la sustancia, aprenderemos también que la consciencia es el ingrediente capaz de revelar la vida latente en la materia. Al saber que nutrirse es también saciar el hambre y la sed de ser, descubrimos el sabor sutil e incomparable de la vida.

¿Amainamos el fuego desbordado de la insatisfacción interna? ¿Nos protegemos del shock del estrés? ¿Permitimos que los sistemas de desintoxicación propios del organismo tengan tiempo de eliminar toxinas y desechos antes de entrar de nuevo en modo de consumo? 

Cuántas veces la sabiduría del cuerpo nos grita a través del síntoma o la enfermedad que nos estamos maltratando. Por abandono, por ignorancia, por autocastigo, no importan tanto las explicaciones, el resultado de no amarnos de verdad será sólo lo que el desamor puede cosechar. 

Es un asunto de consciencia. Y mil veces el cuerpo nos lo va a recordar hasta que aprendamos la gran lección: podemos vivir sanos. Morir sanos. No estamos condenados a vivir muriendo. En buena parte, tal vez hasta en un 70% de los casos, depende de nosotros.

Sabemos que podemos acumular basura de años en nuestras arterias, en nuestras células, en los aposentos interiores donde tenemos la vida. A veces, cuando ya los servicios internos de limpieza están sobrecargados, la basura empieza a brotar con el nombre de alergias, eccemas o infecciones.

Cada uno de nosotros se cultiva, se ama y se cuida si se aprecia; o se devalúa si no se tiene en cuenta. Es cuestión de valorarnos, de cuidar de nuestro cuerpo del mismo modo en que un buen músico cuida de su instrumento; es cuestión de aceptar y cuidar nuestras emociones; es cuestión de sentir que todos nuestros cuerpos son estados de consciencia, instrumentos prestos a dar su nota en la sinfonía de los días cuando el director de orquesta los afina y sincroniza.

Descubrimos la ignorancia. Empezamos por fin a saber que no sabíamos y que muchas de nuestras creencias sobre nutrición eran falsas, aunque las hubiéramos sostenido en nombre de la ciencia. No es una excepción, pues lo mismo ha pasado con la neurología, la genética, la cardiología. 

Ser conscientes, prestar atención, estar atentos y cuidarnos. En definitiva, amarnos de verdad. Así escogeremos lo mejor de la vida hacia el cauce de la realización y daremos gran valor a lo que puede nutrir el cuerpo, las emociones, el pensamiento, el sentido de vivir y la vida.

La invitación es a saborear. A disfrutar la vida, pues no vinimos a no enfermarnos ni a luchar contra la muerte. Vinimos a vivir y el sentido mayor de la vida es la felicidad. 

Que nuestra nutrición no sea un asunto de una mayor longevidad ni una estrategia de supervivencia. Que sea dirigida a cultivarse interiormente con la luz del sol, la semilla de nosotros mismos y la energía de todos los nutrientes. De seguro la cosecha será la de la felicidad: disfrutar de uno mismo, para disfrutar de todo.

Hacer la pausa. Reconocer el ritmo. Danzar, cantar. Amarse. Entonces podremos experimentar el gozo del ayuno como el del alimento. Entonces, además de los sabores y vibraciones de todos los alimentos, nos nutriremos de soledades, compañías palabras y silencios. En la sabiduría del saber aprender y disfrutar de lo aprendido está la clave de una nutrición llena de sentido. 

Una nutrición para la vida. Que la felicidad sea también nuestro alimento. Y nuestra mejor medicina.

Dr. Jorge Carvajal

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