Pukulpa pitjama Ananguku ngurakuta
Bienvenido a la tierra Anangu.
Caravana Sintergética, caravana de la Vida; por lo menos, eso fue el modelo inicial a seguir. ¿Tal vez habíamos concertado este viaje en otras vidas? Pero en el aeropuerto de Sídney éramos ocho personas locales (todas inmigrantes) y dos visitas: el Dr. Santiago Córdoba venía desde Colombia a facilitar un curso de Geometría Sagrada y Terapéutica Sintergética, y la segunda visita, Carmen Rodríguez, socióloga de Chile. Luego estaban Sonia Ortega (argentina), Noemí Días (chilena), Irene Flores (ecuatoriana), Loren Murphy (canadiense), Susan Helene (australiana) y la que relata.
Todos coincidimos en que desde hacía mucho tiempo queríamos cumplir el sueño de visitar Ayers Rock, oficialmente llamado Uluru, un monolito gigante que se estima tiene 550 millones de años de antigüedad, localizado al sureste de Alice Springs, en el desierto del Territorio Norte de Australia. Es un lugar sagrado para los aborígenes australianos y significaba visitar el corazón de la Tierra, como muchas tradiciones indígenas proclamaban. Y, además, el propósito de la caravana de sanación.
En el avión, con Susan inventamos un juego donde cada uno de nosotros representaría un chakra: pusimos los números en una bolsita y a cada uno se le autoasignó. Chakra primero: Violeta; segundo: Sonia; tercero: Noemí; cuarto: Irene; quinto: Susan; sexto: Loren; séptimo: Carmen; y octavo: Santiago. Además, agregamos que también éramos las siete hermanas de las Pléyades y Orión. Al terminar el juego, Santiago intervino diciendo que se unirían dos personas más.
¡Entonces, el juego de la vida, con su sincronía cósmica, estaba comenzando! Al sobrevolar Uluru costaba percibir la realidad de paisajes tan rojizos. Era como si todos los sentidos comenzaran a exaltarse. Aterrizamos todos en silencio, y al pisar la tierra quedamos anonadados por la fusión de colores. Se conjugaba el sol naranjo con el rojo ocre y nuestras retinas intentaban capturar toda esa luz para poder interpretar que estábamos sumergidos en el ancestral Reino Mineral.
En el desplazamiento, desde lo humano, se comenzaban a notar las asociaciones de los chakras: el cinco y el seis, anglosajonas, llevaban sus ositos y almohadas; el uno y el dos iban al frente dirigiendo y, al mismo tiempo, éramos complementarias. Y la energía masculina se iba adaptando a tanto utensilio doméstico.
Yo llevaba el plan de sanación en mi bolsillo. Tenía un papel con veintidós nombres de niños aborígenes (los cuales me había entregado mi amigo Byron, el Serrano, Jaguar Negro), quien les daba soporte anímico y emocional en Sídney. Ellos, los niños aborígenes, la mayoría tenían retención domiciliaria por robos menores, drogadicción, alcoholismo y vandalismo. Más que sus nombres, estaban en la historia de los olvidos de la humanidad: niños aborígenes sin origen, sin esperanzas, perdidos como sus padres y abuelos, y en exterminio. ¡El promedio de vida es de 37 años en uno de los países más ricos del mundo! Ellos, los más ancestrales, que supieron vivir sin usufructuar la Madre Tierra, volverían a ser acunados por el corazón solidario de una nueva medicina del alma.
Arrendamos una van y comenzamos a desplazarnos. La primera parada fueron las imponentes rocas llamadas Las Olgas (Kata Tjuta), que se traduce como “muchas cabezas”, con gracia femenina por sus redondeces. Ubicadas a 58 km de Uluru, parecían estar vivas; siempre cambiaban de color y, al contemplarlas, nos adormecían.
Hicimos un pequeño ritual. En la primera parada se habló al unísono: ¡todos habíamos esperado muchos años para estar ahí! La energía de los elementales venía a saludarnos; todos estábamos eufóricos viendo y decodificando todo lo que mirábamos. Éramos uno con la tierra roja. Los abrazos finales en ese lugar nos marcaban el norte de nuestro propósito. Nos reconocíamos y felicitábamos por aterrizar en Uluru, y acunábamos la energía magnética del Amor.
Seguimos avanzando en la van con dirección al Parque Nacional Uluru–Kata Tjuta (Reserva Federal). Los propietarios tradicionales, el pueblo Anangu, recibieron las escrituras de la propiedad de Uluru el 26 de octubre de 1985 y luego alquilaron esta tierra por 99 años al Gobierno Federal de Australia. Desde entonces, los Anangu han colaborado con el director de Parques Nacionales para administrarlo conjuntamente.
Este parque fue registrado dos veces en la lista de Patrimonios Mundiales como “paisaje cultural viviente”.
Los colores de esa tarde eran rojo, amarillo, violeta, rosado y marrón. Animados, nos convocó una mesa natural y compartimos información. El segundo chakra traía como misión contactar a un Elder (denominación para un hombre aborigen con sabiduría espiritual). Meses antes, en los jueves de sanación grupal de Sintergética, habíamos recibido a una Aunt (denominación que se da a las mujeres aborígenes cuando son mayores) que nos visitó desde Canberra. Nos sugirió qué cosas llevar de regalo a los Elders: por ejemplo, chocolates, tarros en conserva, pero nada de alcohol o tabaco, ya que Uluru estaba en zona de restricción.
Como casi todos habíamos leído Las voces del desierto, creíamos saber, desde la narrativa de un best seller, algo del desierto australiano. Por ejemplo, que los aborígenes australianos eran los más antiguos como raza del planeta: sesenta y cinco millones sobre la tierra, eran nómades y comprendieron lo que era vivir en armonía con el todo.
La tarde continuó con un regalo del quinto chakra, que nos tocó una melodía en una flauta. Fue mágico y nos hacía apreciar la vida sagrada y sencilla de ese lugar.
Continuamos el camino, nos fuimos perdiendo, avanzando y retrocediendo, y decidimos dar dos vueltas en cada rotonda y gritar. Entre risas yo sentía que el inconsciente colectivo nos hacía entrar en los chakras vivos para girar y conectar con los vórtices de esa tierra. Así nos animábamos, ya que comenzaba a atardecer y se sentía cierta angustia ante la inmensidad y lo desconocido. Al llegar al pueblo de Uluru había un cartel de tránsito muy singular que decía “People care people” (la gente cuida a la gente), y la sorpresa era que era un pueblo fantasma. Mientras buscábamos la casa del Uncle Bob Randall, veníamos cantando y riéndonos como solíamos hacerlo en los buses de las caravanas en Latinoamérica. De pronto, nos encontramos con los primeros habitantes de Uluru: dos mujeres en silla de ruedas y una cargando un niño. ¡En esos segundos nos quedamos mudos y sentimos el dolor de una raza entera!
Nos dirigimos al puesto de policía y tampoco estaban, pero encontramos unos vecinos y nos indicaron finalmente el lugar.
En la casa del Uncle Bob Randall nos abrió una joven australiana, Gabrielle. Nos invitó inmediatamente a pasar, como si nos estuviera esperando. Tenía la energía de mi hija; todos los chakras opinaban lo mismo. Era muy amorosa y como de una raza estelar.
Nos contó que era la asistente del Uncle Bob (considerado uno de los más importantes Elders aborígenes de Australia: profesor, cantante y líder comunitario, quien desveló los hechos sobre la Stolen Generation, donde el Gobierno de Australia robaba hijos a madres aborígenes para blanquearlos). Él escribió la canción “Brown Skin Baby (They Took Me Away)”. Además, escribió en uno de sus libros las enseñanzas a su comunidad basadas en la cultura Anangu: el concepto Kanyini, que envuelve los principios de cuidar el medio ambiente y también de cuidar al otro, con amor incondicional y responsabilidad. Él explicaba que PITJANTJATJARA es la combinación de dos palabras: responsabilidad y amor.
Él estaba con su mujer Barbara en Estados Unidos y Gabrielle nos mostró todas las imágenes y cuadros de la casa. Se apreciaban mándalas tibetanos, textos sagrados de los indios norteamericanos, la Gran Invocación, Buda, geometría sagrada y muchos dibujos aborígenes del Dreamtime o Sueño del Tiempo de la Serpiente. Por un momento, todos los chakras estábamos enloquecidos al ver la imagen de Orión y las siete Pléyades. Era muy sorprendente estar en medio del desierto en un templo de la síntesis.
¡Pedimos permiso a Gabrielle para estirar nuestro lienzo de Sintergética en el suelo de la casa para entre todos bendecirlo, y lo hicimos con especial recogimiento!
Gabrielle también hacía voluntariado con algunos niños aborígenes y nos contó que la hija del Uncle Bob vivía muy cerca del colegio. También dijo que cuando nombraron a Uluru zona sin alcohol, casi el 70% de la población abandonó el pueblo.
Le contamos nuestro plan de enviar sanación a esos 22 niños y la invitamos a participar, pidiéndole que nos indicara algún lugar sagrado para hacer la ceremonia de pedir permiso y enterrar una semillita de la medicina Sintergética (poner gotas de Suryamana).
Nos fuimos felices, girando en los vórtices de la energía del desierto australiano.
Esa noche llegamos a alojar en el campamento, en dos cabañas que habíamos arrendado. El doctor tuvo que arreglar unos cuantos desajustes: el sexto chakra se había descompensado.
Toda la energía femenina estaba en una cabaña con esos diálogos trasnochadores donde se suele analizar y repasar cada detalle de la mente y la psique. Finalmente, con la mente firme en la luz, nos acallamos para el descanso.
El amanecer del nuevo día nos sorprendió corriendo para poder alcanzar a ver la salida del sol. Ya había muchos vehículos esperando y muchos turistas arriba de sus techos para no perderse ningún rayo, que iba dando color y fuerza al paisaje. Luego todos los chakras se fueron a meditar y hacer prácticas individuales para alinearnos con el alma y prepararnos para ese gran día.
El día comenzaba con mucho movimiento; ahora el quinto chakra estaba desbordado en llanto. Subimos todos, en un ambiente de mucha fraternidad, a la van, sabiendo que ya estábamos en bellos procesos de sanación. Partimos a buscar a nuestra ángel-guía Gabrielle. Ella nos conduciría a un lugar sagrado. Y, por supuesto, seguíamos haciendo acupuntura en todas las rotondas: ¡circular dos veces y gritar!
Llegamos al lugar Mutitjulu Waterhole. Era hermosísimo: una pequeña laguna entre grandes rocas. En pleno desierto, uno no espera ver el elemento agua. Sin duda era un lugar sagrado donde las mujeres aborígenes daban a luz a sus hijos.
Lo que más impresionaba eran las rocas por donde caía el agua: eran perfectas vaginas o pliegues de vida. A un costado, un corazón se dibujaba naturalmente en la roca, junto a la imagen de la Sagrada Familia. Esa tercera ceremonia fue casi instintiva. Sin pensarlo, todos los chakras nos tomamos las manos y la energía del octavo chakra, el único representante de la energía masculina, inclinó la cabeza y nos pidió perdón: nos pidió disculpas por todos los abusos cometidos en el pasado en esas tierras. Como fractal, nos llegó en forma profunda ese gran acto de psicomagia de sanación para todas las mujeres, donde las lágrimas danzaban diáfanas al sol de Uluru y se iban limpiando, en la rueda de todas las faldas, las memorias de antiguas heridas. Ahí, en nosotras, estaban todas las madres aborígenes, también nuestras propias madres y abuelas. Íbamos liberando a las hijas de las hijas y sosteníamos la energía de la reconexión con nuestro propio cuerpo y con la Tierra.
¡Ese rito que habíamos practicado desde siempre: dar luz a la luz! ¿Cuándo se nos olvidó? Incorporamos en ese acto al masculino sano y quedamos en un estado de absoluta comunión con la vida.
Para ese instante nos dimos cuenta de que ya éramos nueve, con nuestra guía, y que estábamos ensamblando la energía Mariana. Comenzamos en silencio a repetir el mantra “En nombre del Padre, del Hijo y de la Madre, que es el Espíritu Santo”. Ommmmm…
Nos regresamos a la entrada del parque a tomar la foto con el lienzo. Nos abrazamos reconociendo nuestra diversidad y pedimos permiso a la tierra roja para traer la medicina del alma SINTERGÉTICA. Plantamos la semilla espiritual de la Suryamana.
Volvimos a la van y fuimos tomando fotos del camino. Había señales donde no podías detener el vehículo, por ser lugares sagrados.
Llegamos al Centro Cultural, comimos y estuvimos escuchando historias de los guías del lugar. Hablaban de una construcción lujosa que se había comenzado hace muchos años, de una cadena de hoteles. Los Elders de la tierra Anangu se habían opuesto por considerar ese terreno sagrado. Pero finalmente esa empresa había adquirido esa tierra y habían comenzado la construcción. Al poco tiempo empezaron a ocurrir muchos accidentes y muertes misteriosas de los trabajadores, y cada vez eran menos los que seguían en la construcción, hasta que decidieron pararlo todo.
También nos instruyeron en las reglas: el parque se cerraba de noche y los visitantes debían salir una hora después de la caída del sol. Y lo más importante: no escalar Uluru, ya que más de 35 personas habían perdido la vida en ese intento.
Nos estaba llegando mucha información de lo sagrado y misterioso que es Uluru.
Nos programamos para lo que venía: recoger con mucho amor y consciencia pequeñas piedras desde la tierra roja, que simbolizarían las almas de los 22 niños aborígenes. Los nueve chakras recogían las piedras y las tomaban delicadamente, envolviéndolas en sus poleras como cargan las mamás canguros a sus crías. Fue un acto de mucha concentración, donde todas las formas desaparecían y nos dejábamos guiar por nuestra intuición. ¡Teniendo en cuenta que estaba prohibido recoger piedras! Pero todos sabíamos que solo las trasladábamos de lugar, en la misma tierra, para nuestro rito de sanación.
El noveno chakra tomaba el liderazgo y conducía al grupo hacia el sendero sagrado, y la gran roca comenzaba a cambiar de color ocre a púrpura. Estaba atardeciendo. Cuando llegamos a la entrada del lugar habló claro y fuerte el chakra ocho, Orión, y dijo: “Seremos un solo cuerpo. Todos correremos sin mirar atrás”, ya que había que pasar la reja de alambre para traspasar al mundo sagrado de la gran roca.
Algunos de los chakras, como buenos latinos acostumbrados a saltar barreras o estructuras rígidas de la sociedad, gozábamos corriendo. De hecho, el noveno chakra nos advirtió que si ella se tiraba al piso todos teníamos que imitarla, ya que los guardaparques, si te sorprenden en esos espacios, te pueden multar. De hecho, solo se recomienda caminar por los senderos marcados. Nos faltaba la última barrera, y el octavo chakra hizo un pequeño rito de protección.
Nos lanzamos a correr cuando el segundo chakra cayó y se fracturó la muñeca. En el caos y la emergencia se escuchó al octavo chakra, con toda su fuerza masculina, pidiendo que todos los chakras nos reportáramos e hizo un concilio democrático para decidir si continuaríamos o desistiríamos. Se dedicó a auxiliar la muñeca fracturada.
El quinto chakra se hizo escuchar y, en su perfecto español, dijo que no daría un paso más, porque interpretaba ese accidente como una señal de que debíamos abortar el plan de llegar cerca de la roca. Pero intervino enseguida el segundo chakra, la accidentada, y dijo que estaba bien y que continuaría, ya que su amor maternal por esos niños era más grande que el dolor de su muñeca.
Fue un momento difícil para todos. Se estaba oscureciendo y teníamos que expresar nuestras decisiones con claridad. El primer chakra dijo que estábamos protegidos porque esto era para un bien mayor y que continuaba. El tercer chakra, con mucho miedo, dijo que seguía. El cuarto también. El sexto, el séptimo, el octavo y el noveno también siguieron.
En ese momento se escuchó al séptimo chakra decir, con hermosas y calmas palabras, que todos los chakras teníamos que honrar la decisión del quinto chakra de quedarse.
Así nos despedimos del quinto con un abrazo, y quedó tocando su flauta sentada en el suelo. Nos fuimos caminando y escuchando la melodía hasta que perdimos todos los sonidos y llegamos por el pequeño sendero a la gran roca.
Estábamos frente al telón rocoso más antiguo de toda la Tierra: cavernoso, lleno de pliegues y de seres invisibles, pequeños y gigantes. Era un portal. Podíamos sentir cómo todo vibraba.
Ubicamos un altar frente al portal con pétalos silvestres, semillas y nuestros talismanes. Nos dispusimos en círculos los nueve chakras, oramos, hicimos la Gran Invocación, nos conectamos al alma de todos los seres de buena voluntad y con nuestros compañeros sintergéticos. Pedimos permiso a los Anangu, custodios de esa tierra. Convocamos a los devas y seres de luz y nos ofrecimos como una familia crística para nuestra misión.
Comenzamos la ceremonia y pusimos la energía espiritual del Uncle Bob Randall como un arquetipo de padre sobre esos niños a los cuales íbamos a entregarles sanación. Todos los chakras nos transformamos en parteras y, en un acto de psicomagia sincrónico, fuimos trasladando las piedras —que simbolizaban a los niños— desde nuestro vientre a nuestro corazón y depositándolas suavemente en el círculo, entregándolos a la vida con amor y seguridad.
Cuando todas dimos a luz, el octavo chakra comenzó la sanación Sintergética. A través de sus cálidas palabras fue entregando la información, y todos los otros chakras apoyaban magnetizando a través de las manos. Se descendió desde el alma de estos niños el hilo de vida y se conectó a sus corazones y al nodo sinoauricular en cada uno. Se restableció la fisiología molecular; se les conectó la energía eléctrica, reticular y magnética. Y los dejamos conectados a sus ancestros, a la fuerza de vida que representa Uluru.
Al terminar la sanación hicimos un Ave María.
Comenzaba a oscurecer, y la irrealidad con la realidad convivían en ese mismo plano. ¡La roca comenzaba a transparentarse y parecía tener un efecto hipnótico y magnético! Estábamos en otra dimensión. La noche parecía asaltarnos con sus estrellas tan brillantes. Todos estábamos tratando de descifrar el misterio cósmico de esa noche.
Para salir de ese estado casi de ensoñación y volver, el chakra uno comenzó a tocar su tambor muy despacio, para saludar al espíritu del desierto y querer preservar el derecho a la vida de estos niños, en un mundo más compasivo y humano.
Nos estábamos poniendo de pie cuando pasó un helicóptero negro que nos regresó de golpe a la realidad.
Volvimos por el sendero y comenzamos a escuchar la dulzura de la flauta. Parecía que nos guiaba y bendecía. Nos unimos con el quinto chakra y nuevamente éramos un solo cuerpo.
Al llegar a la orilla de la carretera explotamos en abrazos, y era tanta la emoción que no podíamos contener las risas y los llantos. Era un tsunami de arenas emocionales en el desierto de Australia. Nuevamente se acopló con fuerza el latido del tambor en esa noche. ¡El eco era tan poderoso que ni miles de años podrían acústicamente atrapar ese sonido que se nos grabó en nuestro corazón!
Volvimos a la casa del Uncle Bob Randall a dejar al noveno chakra y a celebrar tan bella jornada. Todos estábamos en nuestros roles: los chakras uno y ocho haciendo sanación para el chakra dos, y los demás ocupando todas las instalaciones, preparando el festín. Felices, adornando la mesa con toda la comida que habíamos llevado.
Cuando de pronto se abre la puerta y llega la hija del Uncle Bob Randall, Dorothea. Muy seria y enojada pregunta por qué estábamos en la casa de su padre, que a ella no se le había notificado de nuestra visita y que iba a llamar a la policía. Increpó a la cuidadora del noveno chakra, y sentimos un hielo que nos atravesaba, como niños pequeños cuando tus padres te reprochan. Al mismo tiempo nos daba mucha risa ver el espectáculo de los otros chakras, cómo avanzaban felices llevando los platillos en sus manos, nos miraban y se devolvían. Nosotros intentábamos avisarles con gestos y miradas de que estábamos en problemas. El octavo chakra quería explayarse más, pero el idioma lo impedía.
Todos fuimos presentándonos, contando por qué estábamos ahí y dando las razones. Ella nos contó que venía de un incendio que comenzó cerca de la escuela (ella, reemplazando a su padre, tenía que supervisar el pueblo). El noveno chakra la invitó a compartir la mesa con nosotros y Dorothea se relajó, comenzando a contarnos su historia: nos habló de su linaje, de sus abuelos que no conoció, de su hermano que se había inmolado, de su padre que pertenecía a la generación de stolen children; de la tierra de Uluru que se estaba quemando para transmutar la rabia; de cómo los hombres seguían haciendo negocios aparte; de las prohibiciones que tenían, y de la esperanza de vida de los aborígenes.
Finalmente abrió su corazón y nos invitó a que al otro día fuéramos con ella a ver la puesta del sol para reverenciar la tierra de los Anangu, su descendencia, y contarnos sobre su cosmología y el dreamtime. A esa altura era todo tan solemne que nadie fue a buscar los platillos y no tocamos ni un bocado. Nos despedimos y la cita fue fijada para las 5 a.m.
¡Volvimos a nuestro van y nos fuimos riendo por mucho rato de nosotros mismos y de la frugalidad e inocencia con que vivimos ese tiempo preparando la mesa, y del susto cuando vimos a Dorothea increpar al noveno chakra por no haberle avisado de nuestra llegada!
Esa mañana del tercer día, nos retrasamos, ya que habíamos olvidado los regalos para Dorothea y tuvimos que devolvernos al campamento. Llegamos un poco tarde y Dorothea no salía de su casa, hasta que se asomó por una ventana y nos acompañó. Todos le agradecimos por su compañía y le entregamos los regalos. El octavo chakra, Orión, le regaló en nombre de todo el cuerpo de chakras una piedra redonda y un dodecaedro, y le dijo que uniera ese código femenino y masculino en ella. Solo sonrió y aceptó; su rostro destellaba una sabiduría innata.
Nos fuimos a contemplar la majestuosidad de esa luz solar, que se veía brotar como tenues bocanadas de humo o gases que iban coloreando ese rojo ocre mineral. Y ahí estábamos los diez chakras, como lo habíamos previsto.
Entonces ella nos habló muy despacio y dijo:
“Se cumplió la verdad de la nueva raza de seres.”
La promesa de que volvimos, no importa de dónde, a restablecer códigos sagrados de amor y compasión que están inscritos en esa piedra y que contienen la sabiduría de cómo sobrevive la raza humana en el sueño del tiempo y de la serpiente.
Que solo se puede activar cuando atravesamos nuestros miedos modernos y comenzamos a comunicarnos con la tierra y la naturaleza. Nos señalaba, junto a la luz que iba alumbrando, que sus ancestros se habían transformado en árboles, en piedras, en pájaros y animales, y que ellos están continuamente coexistiendo en una dimensión con el presente. Y que a través de la ceremonia se mantiene esa conexión viva. ¡Y que la naturaleza siempre intenta curarse, y que esa es la esperanza de todos nosotros!
Al finalizar, cada una la abrazó y nos dijo que en esta fecha siempre estaba previsto que vendrían grupos a traer la dulce energía de la Madre. Ese día era mes de la Madre en Latinoamérica: mayo de 2010.
Espero que estos fragmentos de caravanas por la Vida continúen escribiéndose. ¡Y que el entusiasmo siga convocando a la tarea humana de servir con responsabilidad y amor!
Gracias al Gran Espíritu, gratitud a todos mis maestros, a mis hermanas y hermanos del camino, a toda la nueva consciencia que se manifiesta a través del Amor. Gracias a mi propia familia por su amor incondicional, gracias a la energía Mariana que me sustenta, gracias a todas nuestras dimensiones: andiosas, ángeles, chamanes, a todos los elementales y al Alma Uno de servidores del planeta Tierra. Y gracias a la amistad de estos diez chakras por haber coincidido en el tiempo y en el espacio cuántico de la Vida. ¡¡¡Y por volver una y otra vez al corazón de la Tierra Roja!!!
Nota: Me tomó largos 15 años reescribir esta hermosa vivencia, donde comprendí que había llegado el tiempo de compartirla. Tocó investigar y sorprenderme con cómo el número 22 está también relacionado con las 22 lenguas aborígenes australianas reconocidas, de donde surgen muchas más. También enterarme de quién fue Bob Randall y cómo se nos sincronizó todo: su historia de niño, su muerte el 12 de mayo del 2015 y lo que significaba la palabra Pitjantjatjara: responsabilidad y amor.
Violeta Araya de Blazquez
