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Una de las formas de conservar la salud sería la capacidad de superar cualquier tipo de dificultad que te presente la vida. La palabra “salud”, etimológicamente significa eso, “capacidad de superar obstáculos”.

A nivel de grupo, puede ocurrir algo parecido. El grado de cohesión de un grupo podría medirse por la capacidad del propio grupo en superar dificultades.

Durante el mes de agosto un grupo de sintergéticos tuvimos la oportunidad de cumplir un sueño que comenzó a gestarse el año precedente. Durante mayo del 2016 tuvimos la oportunidad de conocer por primera vez la región kallawaya y comprobar que la convivencia de la medicina tradicional kallawaya y la medicina científica occidental, no sólo es posible, sino incluso necesaria. Así lo entendimos en aquella primera oportunidad y después de pasar unos días observando y aprendiendo de los maestros kallawayas nos propusimos regresar este año para compartir más tiempo, más experiencias y más conocimientos con ellos. Así se lo comunicamos a las autoridades de Amarete, a los maestros kallawayas y a los médicos del hospital emplazándonos en volver a vernos en agosto de este año.

Pasó el tiempo y estuvimos todo un año preparándonos para el feliz encuentro. Yo creo que algunos de nosotros incluso pensamos que nuestra llegada iba a ser una verdadera fiesta, tal y como nuestra reciente estancia.

Pero la vida lo que tiene, es la total incertidumbre. Mi abuela, que apenas sabía leer pero era una mujer sabia aleccionada en la escuela de la vida me enseñaba: “El hombre propone y Dios dispone”. Traducido a la historia que estamos contando, viene a decir, que nosotros nos habíamos hecho nuestra propia composición de lugar pero la realidad era diferente. Tan diferente que todo había cambiado en el último año.

Las autoridades ya no eran las mismas, los médicos que trabajaban en el hospital de Amarete ya no eran los mismos…ni la configuración de los astros en los cielos era siquiera remotamente parecida.

Nuestra llegada resultó un poco accidentada. Eran fiestas locales y tuvimos un desafortunado encuentro con un grupo de locales que venían festejando. Nosotros veníamos cansados del viaje, y por un “quítame allá esas `pajas” tuvimos un encontronazo…o un desencuentro, según se mire. Una absurda disputa sobre un paquete de botellas de agua fue el detonante. La cosa no era lo suficientemente importante como para llegar a mayores, pero nos sirvió de aviso para que nos fuésemos dando cuenta que los acontecimientos no se iban a desarrollar como nosotros preveíamos.

Una visita fuera de protocolo al hospital nos demostró que ya no trabajaba allí el mismo equipo médico del año pasado. Si bien la acogida fue afectuosa, nos dimos cuenta enseguida que la relación con la medicina kallawaya era más distante. Cuando digo visita fuera de protocolo quiero hacer referencia a una nueva metedura de pata nuestra. Aquí las cosas funcionan de forma diferente y una visita de esas características requería el beneplácito de las autoridades.

Quizá sea bueno señalar en este punto que las comunidades que estábamos visitando cuentan con una, para mí envidiable, forma de autogobierno. Todos los miembros de la comunidad antes o después deben asumir responsabilidades de gobierno por un período de tiempo. Y todas las decisiones que deben tomar se han de realizar por consenso. Consenso, una palabra que yo creía que sólo existía en el diccionario sin aplicación en la vida práctica pero que en Bolivia aprendí, por lo menos en estas comunidades, que tiene plena vigencia.

Entonces, como iba diciendo, nosotros nos acercamos a ofrecer nuestros servicios y a demandar intercambio de conocimiento con los médicos kallawayas sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo, ni mucho menos a las autoridades pertinentes.

Íbamos sumando puntos para que el consejo de autoridades, por consenso, cuanto menos nos expulsase de la comunidad. Evidentemente estoy dándole cierto toque trágicomico a nuestra experiencia pues las comunidades que estábamos visitando tienen bastante más respeto y educación que eso. Lo que pretendo es tratar de resumir de una manera gráfica el encontronazo que supuso las expectativas que nosotros llevábamos con la realidad que estábamos a punto de experimentar.

Éramos un grupo de occidentales que aunque habíamos llegado con las mejores de las intenciones no nos habíamos preocupado lo suficiente de cómo se funciona en estas comunidades. Quizá nos había faltado el adecuado respeto que esta cultura se merece y los acontecimientos nos estaban poniendo en nuestro sitio.

El equipo médico nos recibió con exquisita amabilidad, aunque no tenían ningún tipo de información de cuales eren nuestras intenciones ni nuestros planes. No habían sido informados de nuestra llegada por nadie. Aún así se mostraron muy receptivos, lo cual les costó una pequeña bronca por parte del administrador del hospital porque entendió que el equipo médico estaba tomando una decisión que no les correspondía, y además debíamos contar con el beneplácito de las autoridades. De hecho, el encargado de salud, autoridad de la comunidad se presentó en el hospital, por un lado alegre de nuestra presencia, pero por otro lado disgustado de no haber sido informado de nuestra visita.

Decidimos estarnos quietos y esperar a hablar con las autoridades. Habíamos tenido contacto de forma espontánea con miembros de la comunidad que nos preguntaban si podíamos tratarles y les decíamos que teníamos que hablar aún con las autoridades. Poco a poco nos íbamos adaptando al nuevo entorno.

Mientras tanto nos habíamos acomodado en la casa de Wendy, una lugareña que el año previo había sido autoridad pero este año ya no ostentaba dicho cargo. En su momento nos ofreció de corazón su casa para alojarnos, aunque cuando este año aparecimos no sé si ella realmente esperaba nuestra visita. La verdad es que fue todo un despliegue de logística de emergencia alojar a 13 visitantes en su casa, pero la sensación era que no éramos esperados.

Esa casa con un enorme patio se convirtió durante unos días en un ashram improvisado donde pudimos disfrutar de algo que muchas veces no disponemos en las caravanas. Tiempo de tranquilidad para compartir, para leer en común y para reflexionar. Habíamos decidido no hacer más ruido y esperar a la reunión con el consejo aprovechando el tiempo para reunirnos. Y creo que tanto para mí como para el resto de los miembros del grupo fue un verdadero placer contar con esos momentos de encuentro que se han echado en falta en otras ocasiones.

Nos dio la oportunidad de tomar conciencia que habíamos llegado a un entorno diferente al nuestro igual que un elefante entra en una cacharrería. No con malas intenciones, pero sin poner el adecuado cuidado y generando el suficiente ruido que pudiera provocar que las autoridades decidiesen no darnos permiso para nuestro propósito.

De hecho fue lo que casi ocurrió. El día previsto para la reunión con el consejo, un grupo de 4 representantes asistieron. Nos habíamos informado del protocolo y después de la bienvenida se inició el debate. Había algunos que no estaban muy de acuerdo en que estuviésemos allí y mostraban abiertamente su desconfianza ¿qué íbamos a hacer allí? ¿aprovecharnos de ellos? ¿estudiarlos como si fuesen cobayas? ¿aprender de ellos sin ofrecer nada a cambio como era la costumbre entre los occidentales que habían pasado por allí?

Todos estos supuestos habíamos tenido oportunidad de valorarlos en nuestro “retiro espiritual” en la casa de Wendy. Así como la respuesta que íbamos a dar:

“Miren, nosotros venimos a compartir con ustedes. Venimos a aprender de ustedes y a mostrarles lo que sabemos hacer. Simplemente porque queremos compartir. Pero podemos entender que desconfíen de nosotros. Así que si su decisión es no acogernos, no hay problema. Seguiremos nuestro camino sin ningún tipo de resentimiento.”

Esa total falta de resistencia y de expectativa fue lo que consiguió abrir sus corazones y que pudieran decidir por consenso que nos podíamos quedar a compartir con ellos. Esto abrió la puerta para un montón de experiencias que espero que mis compañeros de viaje vayan relatando en sucesivos artículos.

A mí me correspondía intentar plasmar cómo la mejor manera de disolver dificultades en un grupo es sencillamente entregándose a la situación y no ofreciendo ningún tipo de resistencia.

El poder de la PAZ

La paz es el sentimiento de serenidad y de poder que se experimenta cuando vivimos en el océano profundo del ser y no en el oleaje tormentoso del tener. La paz es la expresión de una inteligencia que trasciende el intelecto y la emoción, para despertar a la dimensión del propio corazón. La paz es como el surco de una tierra fértil donde podemos sembrar esa semilla del amor, que podrá un día madurar en el fruto sagrado de la libertad. La seguridad, la confianza, y la alegría son consecuencias de la paz…

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