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POR QUÉ Y PARA QUÉ UNA GESTIÓN DE LA ESPIRITUALIDAD

Ignorar la naturaleza humana o la espiritualidad inherente a ella, engendra lo nefasto. Una y otra son inseparables, como inseparables son el cauce y el río (LACP).

 

Según la espiritualidad cuente, según como se incorpore en la vida cotidiana, será el desarrollo de la dignidad, la integridad y la felicidad misma del ser humano.

El devenir y el porvenir del planeta mismo, de la política, las finanzas, la tecnología, la ciencia, el arte, la ecología, la educación y la medicina, dependen de si en la ecuación de cálculos de riesgos, de pérdidas, de ganancias, de éxito y de fracaso, de paz, armonía y plenitud, cuente o no la espiritualidad.

La espiritualidad de individuos y grupos humanos se desarrolla y se desenvuelve conforme al grado y al modo de desarrollo de la relación entre el mundo objetivo y el mundo subjetivo; esta relación deja una huella profunda en las comunidades de las que los individuos son parte, como también en todos los campos en los cuales ellos se desenvuelven.

La calidad de la relación entre el mundo subjetivo y el mundo objetivo depende de la coherencia entre el modo de estar en el mundo y los principios, creencias y cualidades del ser; en otras palabras, depende de la calidad de la actitud, y ésta está determinada por el grado de concordancia y correlación entre el ser y el estar, entre el mundo subjetivo y el mundo objetivo de un individuo, un grupo, una civilización, un proyecto o una empresa.

La salud, el equilibrio, la eficacia, la autenticidad, la plenitud y el poder de influencia, están directamente relacionados con la calidad de las relaciones, de las actitudes, con la concordancia y equilibrio entre el ser y el estar.

En el sentido más amplio el trabajo sobre la espiritualidad, equilibra esta balanza, la acerca al nivel de concordancia mayor posible, tal como la concordancia sol y luz, llama y calor, cauce y río.

Así como la trama del mundo está hecha de relaciones, la polarización de los acontecimientos está determinada por el sentido y la intención de las relaciones, las interacciones que según esto se generan, es decir las interrelaciones, las actitudes; de la calidad y el cuidado de las relaciones, las interacciones y actitudes, dependerán el estatus y la evolución del mundo, igual que del cuidado del cauce y el río depende el estado del mar.

Tal cual es, tal cual sea, la espiritualidad sostiene el mundo.

Las correctas relaciones dependen del pleno desarrollo y expresión de la naturaleza humana y por lo tanto del desarrollo y expresión de la espiritualidad propia del ser humano.

Tal como son necesarias una adecuada nutrición para el buen funcionamiento del cuerpo, ciertas normas de comportamiento y una adecuada educación de la mente para el desempeño en el mundo objetivo (el mundo de los objetos y de los fenómenos predecibles, tangibles y medibles), es necesaria la educación espiritual para las correctas relaciones del hombre consigo mismo, con los demás seres humanos, con el principio de vida en toda manifestación, hecha la salvedad de educación entendida como conducción, guía, alimento, no como adoctrinamiento o amaestramiento.

Según como sea atendida la gestión de la espiritualidad en los individuos, en las empresas, en la sociedad, será la repercusión en todo lo concerniente al hacer humano, lo cual implica el impacto EN TODO lo humano, no solo en el aspecto subjetivo, sino en los aspectos objetivos y materiales.

La Gestión de la Espiritualidad tiene como premisa y condición la correcta educación y conducción de la naturaleza humana: del pensar, de los instintos, de los hábitos, del actuar.

Para inducir la exaltación de la conciencia y la manifestación espiritual de lo humanos como individuos y como parte de una comunidad, es necesario emprender el camino de una educación para el corazón y para los sentidos, antes de reducir la experiencia y el aprendizaje subjetivos a un trasplante conceptual de dogmas o de credos.

Al hablar de una educación para el corazón se alude al corazón como el campo de relación y de integración de las experiencias, más sensible y fino conocido, más que el del cerebro mismo; se señalan los sentidos como órganos de percepción de una realidad objetiva y descriptiva en la cual está contenido y velado el sentido de la realidad que se percibe, sentido que el corazón despierto puede inteligir y comprender.

Los sistemas educativos tienen una gran deuda: adoptar el propósito, el enfoque y el método que sirvan al desarrollo del bien-ser, para la común unidad, la comunidad, la humanidad.

La educación para la gestión de la espiritualidad apunta a evocar, desarrollar y fortalecer los aspectos y atributos que inclinen al compromiso personal y colectivo con el bien más allá del bienestar y la satisfacción de los sentidos, pues la educación basada en el bienestar, sin trasfondo espiritual, nos ha conducido peligrosamente a la depredación de los recursos, al abuso y la pérdida de sentido, al hastío que ha dejado la voracidad por lo circunstancial.

La educación para las correctas relaciones ha de basarse en experiencias claras, propias y objetivas, que tengan en cuenta la naturaleza del corazón y de los sentidos; de esta manera la educación para las relaciones dejará de ser un ‘debería ser’ basado en dogmas sin arraigo en la experiencia propia, que da lugar y justifica la explotación o la dependencia, que trae consigo la marginación y fomenta la violencia.

El planeta estará a salvo si el hombre eleva su conciencia a la dimensión espiritual y elevando la conciencia a la dimensión espiritual, el hombre encontrará su realización y la restitución del equilibrio, la sanación; esta es la tarea y el desafío mayor de la educación actual.

La espiritualidad es la actitud que trae al presente la mejor versión de sí mismo en el pensar, sentir, actuar, a la vez que permite, nutre y exalta la mejor versión de todo y todos los demás en sus rangos y esferas de influencia; la espiritualidad no es un prejuicio por ser de una manera o la contraria, o un molde que ignora el nivel del ser en su proceso individual o la diversidad en el modo de desarrollo general, el único a priori es el bien mayor en el ahora y aquí.

El espíritu es la esencia común detrás de toda autodeterminación, de todo impulso y manifestación: de vida, de desarrollo, de prosperidad; la realidad objetiva es su medio de manifestación, no el fin; el instrumento es el corazón, entendido como central de conexión de la parte con la totalidad.

La manera de sintonizar el corazón depende del uso de los sentidos y el uso de éstos está anclado a la valoración de lo importante, que en nuestra cultura de afición por lo externo y lo efímero, no siempre es lo bueno, lo bello y lo verdadero. En la explotación de las sensaciones, emociones y sentidos sin ninguna orientación, como un fin en sí mismos, comienza la desviación. Por esto, los sentidos y el corazón, como fuente del campo unificador y de relación con la realidad, requieren atención en el enfoque de toda educación consecuente con la dimensión espiritual.

La gestión de la espiritualidad es la inversión más urgente. Esta inversión requiere algunas inversiones que no son, ni mucho menos, inversiones menores: invertir el sentido del camino, regresar desde el estar y el tener para volver adentro, al mundo del sentido, del ser. Adoptar el estar como una manera de ser, no el ser como una manera de estar. Darle sentido al afuera desde adentro, no depender del afuera para tener sentido adentro. Reconocer el afuera como el medio y la forma de estar con otros, el adentro, el ser consigo mismo y con otros, el fin. Invertir en el presente para generar futuro, para cambiar la historia, el pasado.

Invertir, reservar, no gastarlo todo, para tener un fondo de mayor valor: salir del consumismo del tiempo, de las sensaciones, de los sentidos, de la mente y reservar algo de esto en un territorio más profundo, más valioso para el ser, el mundo interno, el mundo espiritual y así llegar a constituir un fondo de inversión, un recurso mayor, para generar la solvencia desde la cual se pueda responder sin precariedad espiritual a las oportunidades que el mundo ofrece, que los sentidos y la mente reclaman, para celebrar la vida con los demás y llegar al final sin haber perdido el sentido y la dignidad. El colapso moral, anímico y espiritual del ser humano es el colapso de la civilización y, por lo tanto, depende de nuestra decisión e intervención que no sea así.

Luz Ángela Carvajal Posada

www.luzangelacarvajal.com

Luz Ángela Carvajal
Luz Ángela Carvajal es médica y socia fundadora de la Asociación Internacional de Sintergética, Amibio y Viavida y la corporación Viaser. También es fundadora y directora del grupo Tierra Nativa, docente y conferenciante internacional. Promueve y propone la ciencia y la conciencia del corazón como camino y modo de vida universal, respetuoso del libre albedrío y las diferencias entre culturas e ideologías, como práctica de orden superior clave para el desarrollo y evolución de la comunidad humana

Luz Ángela Carvajal es conferenciante invitada en el Congreso OnlineGestores de Conciencia por la Paz”.

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