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PASANDO DEL PARADIGMA DEL VICTIMISMO A LA RESPONSABILIDAD

 

En 2019 empezamos un plan quinquenal, un proceso inicialmente de cinco años en el que utilizando el simbolismo de los cinco elementos: la tierra, el agua, el fuego, el aire y el éter, el espacio vibrante, nos va a permitir hacer un viaje de aprendizaje acerca de nosotros mismos atravesando los diferentes portales que en los chakras están relacionados con cada uno de estos elementos. Y que, en nuestra capacidad de conectarnos más profundamente con la vida en nuestra alma, adquieren dimensiones muy concretas a nivel de estrategias de comportamiento actitudinales, de plantearnos frente a la vida.

 

En 2019 comenzamos con el elemento tierra, la solidez, la paz, el arraigo, el anclaje, la capacidad de tener un piso firme, una materia sólida estructurada. El 2020 corresponde al agua. El agua asociada con la fluidez, con la capacidad de aprender, con la capacidad de fluir, con la capacidad de gestionar nuestras emociones y establecer relaciones humanas armónicas, justas, profundas, llenas de sentido.

 

Esa agua es como la superficie de un lago cuando está en calma: permite ver el fondo, permite que se refleje como en un espejo el horizonte, permite a nivel de nuestra mente, a nivel de nuestro ser interno, que conozcamos la estructura más profunda que sostiene nuestro comportamiento y que veamos reflejada sin distorsión la realidad que está más allá, más allá en el horizonte. Entonces, a ese nivel, también la serenidad, la capacidad de estar en calma profunda, en esas aguas internas de la emoción, va a ser la gran oportunidad para que el fuego de la aspiración nos lleve a la capacidad de reflexión e integración. Finalmente de intuición, sabiduría y libertad, que nos hará volar a los cielos del alma. 

 

Entonces, por un lado a nivel espiritual, por el otro a nivel emocional, a nivel relacional y también a nivel físico esa capacidad de gestionar nuestras emociones es esencial. De hecho sabemos que un gran porcentaje de las enfermedades en el ser humano se deben a factores emocionales. Hasta hace un tiempo se hablaba de ellas como psicosomáticas. Ese término cambió, y en este momento la ciencia ha ido mucho más allá. ¿Por qué? Porque psicosomáticas tenían una implicación peyorativa, nos remontaban a esas estructuras “histéricas, conversivas” de las que nos hablaba el psicoanálisis en sus comienzos. Sí, hay comportamientos que tienen algunas de esas características, pero ya Pávlov empezaba a principios del siglo 20 a llamarnos la atención acerca de procesos fisiológicos que se desencadenaban asociados a estímulos emocionales. La emoción del apetito asociada a la sensación de hambre en un perro que sentía el olor de un trozo de carne, inducía inmediatamente la salivación. A través de la percepción sensorial asociado con una reacción del sistema límbico totalmente emocional se producía una reacción fisiológica de salivación. 

 

Posteriormente, a lo largo del siglo 20 fueron consolidándose una serie de experimentos y observaciones que desembocaron, en 1963, en ese momento en el cual se acuñó el famoso término psiconeuroinmunología. 

 

La psiconeuroinmunología nos demostró que los eventos psicológicos con implicación emocional generaban acciones concretas que impactaban el sistema inmune y el sistema endocrino. 

 

Se comenzó a entender porque un trauma psíquico, un desamor, una sensación de pérdida podría generar que en una mujer la menstruación se perdiera durante tres o cuatro meses o comenzarán sangrados irregulares. Como una persona con un evento triste que genere gran desaliento fácilmente se vuelve más vulnerable a las infecciones virales, concretamente a la gripe. Empezamos a entender que todas las células de nuestro organismo, tanto las de los órganos como las de los músculos, como las células del sistema de defensa en la sangre, las células de las glándulas endocrinas, todas tienen receptores para los neurotransmisores y… ¿Qué son los neurotransmisores? Son aquellas sustancias producidas por el sistema nervioso central que llevan mensajes asociados a nuestro estado emocional. Por ejemplo, la serotonina y la dopamina tienen que ver con estados de bienestar, con estados de goce de disfrute, las endorfinas con el placer, la oxitocina con la sensación de vínculo profundo. 

 

Por su parte la noradrenalina y el cortisol se les conoce como los neurotransmisores y hormonas del estrés porque se aumentan en estados de estrés, de temor. En esos casos tienen un efecto concreto que, por ejemplo, sobre el sistema inmune es negativo: disminuye la eficiencia del sistema inmune para defendernos de los agentes patológicos que están en el medio ambiente o para reconocer aquellas células que no nos pertenecen, aquellas células que han mutado, que se han convertido en cancerígenas y que pueden reproducirse de manera desordenada hasta hacernos daño.

 

Entonces, en los años 60 del siglo pasado surge ese término psiconeuroinmunología que luego incluyó la palabra endocrinología y que nos empezó a demostrar con hechos que eso que llamábamos histeria, que eso que llamábamos reacciones psicosomáticas tenían también un sustrato químico. Tenían una explicación. 

 

Y nos empezaron a demostrar cómo nosotros gestionando nuestros estados de ánimo, yendo a la raíz de aquello que genera en nosotros reacciones adaptativas o de rechazo o emocionalmente negativas podemos mejorar, no sólo nuestro bienestar, nuestra calidad de vida a nivel de lo que sentimos y experimentamos emocionalmente, sino que directamente influye en nuestra salud. 

 

Podemos gestionar nuestros estados emocionales e ir lentamente transformando nuestro carácter y de la mano con esa transformación tendremos salud, mayor felicidad, mayor capacidad de disfrute.

 

Posteriormente en ese proceso hubo otro gran descubrimiento que ya vino hacia finales del siglo 20. En los años 90 a mil novecientos noventa y tantos, empezó a hablarse de un término llamado epigenética y empezamos a descubrir que esas emociones eran eventos desencadenantes que facilitaban que información genética codificada en nuestro DNA, en el núcleo de nuestras células, se expresara o no. Me explico: una persona que tiene muchos familiares que han sufrido de artritis reumatoidea no se le manifiesta su artritis reumatoidea sino hasta después de haber tenido un trauma psíquico severo. Lo vemos todos los días en nuestra práctica clínica. Y cuando trabajamos el núcleo de culpa, el núcleo de sufrimiento, la “emisora clandestina” (como yo la llamo) que en nuestro sistema límbico está enviando a todo el organismo un mensaje negativo que activa por un lado esos genes que codifican para la artritis reumatoidea y por el otro, está activando de manera negativa las células del sistema inmune, esa persona deja de atacar sus propias células.

 

Esa acción autoinmune se transforma, y vemos con frecuencia que hay una sensación de ligereza, de felicidad, de una mayor capacidad de disfrute y de una progresiva a veces dramática transformación del complejo sintomático. Disminuyen los dolores, disminuye la inflamación, disminuye la incapacidad funcional y la persona deja de sufrir. ¿Por qué? Porque ese trauma que estaba emitiendo constantemente desde ese sistema límbico ha sido desarticulado energética e informacionalmente, y sus consecuencias se transmiten a través de los neurotransmisores, a través de las señales coherentes del sistema nervioso central, a todo el organismo. Ese es el poder que tenemos en conceptos como la epigenética, como la psiconeuroinmunología. 

 

En el fondo es la capacidad que tenemos de poner a trabajar nuestras emociones para nuestra salud y nuestro bienestar. 

 

Esa capacidad tan hermosa no viene sola, es también una gran responsabilidad. Inmediatamente pasamos del paradigma de ser víctimas a ser protagonistas responsables de una actitud, responsables de nuestra propia gestión emocional. En ese momento, en vez de permanecer justificándonos en un estado de resentimiento crónico empezamos a ver… “bueno, yo por qué mantengo, qué me gano, cuál es la ganancia secundaria para mantener este estado de sufrimiento y estar reclamándole a través de mi malestar, de mi amargura, de mis síntomas, a la vida algo que creo profundamente que me debe por el simple hecho de haber sufrido”.

 

Dr. Juan José Lopera

 

El Dr. Juan José Lopera es médico formado en Neurociencias del comportamiento, Sintergética y medicinas alternativas, y diplomado en Gestión Clínica y Organizacional del Estrés por el Instituto Heartmath. Es Presidente de la Asociación Internacional de Sintergética, máster en Programación Neurolingüística (PNL), Coaching de vida, ejecutivo y emocional, así como en Coaching Sistémico y Ontológico.

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