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Ecología, medioambiente y crecimiento

Una de las premisas fundamentales de la ecología es que los seres humanos formamos parte del medioambiente. Nosotros no trabajamos, ni producimos, ni consumimos en un sistema diferente al del planeta. Dependemos de sus recursos, como éste depende de nuestra responsabilidad para su subsistencia. La física cuántica ha hecho importantes avances respecto a la demostración de que la separatividad no es más que ilusión. Como señala el físico Amit Goswami en Quantum Economics, “a través de este dominio no-local, todas las cosas están interconectadas. La separatividad que experimentamos surge solo porque ordinariamente nos comunicamos vía señales locales”. El aspecto de interconexión que resalta la espiritualidad en diversas tradiciones es relevante para el entendimiento económico, pues si todos estamos conectados en un plano inmaterial, significa que cualquier daño que yo pueda ocasionar a un semejante tiene repercusiones de vuelta en mi propio bienestar.

Una economía que derive su ética del reconocimiento de la dimensión del espíritu, entendería también de forma distinta el crecimiento económico. Por su naturaleza, el ser humano siempre aspira al crecimiento como concepto genérico. Sin embargo, el mundo material tiene como característica el ser de una naturaleza limitada. Mantener la ilusión del crecimiento material infinito (medido por un incesante crecimiento del PIB) lleva inevitablemente a dos consecuencias: la primera es una desestabilización aguda de los equilibrios medioambientales que es son la base de nuestra estancia material en este planeta; la segunda es una inevitable e inacabable insatisfacción. Debido a que no podemos llegar a lo infinito (idea trascendencia dentro de la espiritualidad) dentro de lo finito (materialidad de la vida humana), nuestro “crecimiento” dentro de un marco material tiene límites. E. F. Schumacher se refiere a esto diciendo que “una actitud vital que busca la realización en la obtención unilateral de riquezas no encaja dentro de este mundo porque no contiene ningún principio limitativo en sí misma, mientras que el entorno en el que está ubicado es estrictamente material”. Esto no sucede en una economía concebida dentro de un marco que reconoce la realidad de lo inmaterial, donde el mundo del espíritu se presenta como algo infinito e inconmensurable. La Teología de la Liberación de la Iglesia Católica en América Latina tuvo (o tiene) un razonamiento similar. Así, una Nueva Economía debería sentar las bases materiales para hacer posible la expansión del ser humano hacia estadios más inmateriales de desarrollo, donde la materialidad del mundo no es limitación para el crecimiento (verdadero) de la persona.

 

Pobreza y riqueza

Eric Butterworth, presbítero del movimiento Unity, reflexiona en su libro Spiritual Economics acerca de la riqueza como una materialización de la “substancia” universal presente en todo momento y lugar. Según Butterworth y la su interpretación de la riqueza, nuestra tarea es sería simplemente conectarnos con esta substancia universal: “Vivimos en un mundo que siempre tiene el potencial de afluencia. Toda la substancia del Universo, toda la riqueza que se ha manifestado o que se manifestará en este mundo, está presente ahora mismo”. El texto Un curso de milagros, escrito por Helen Schucman y que recoge –según se dice- las enseñanzas de Jesús, señala que: “La obscuridad es falta de luz de la misma manera en que el pecado es falta de amor. No tiene cualidades únicas propias. Es un ejemplo de la creencia en la “escasez”, de la cual solo se pueden derivar errores”. De forma indirecta, todo nuestro paradigma económico se basa en esta creencia en la escasez. El reconocimiento de la no escasez de esta “substancia” y de la verdadera riqueza, puede llevarnos también a una Nueva Economía donde la riqueza, y no la pobreza, sea la norma.

El apego a la riqueza material es también un problema desde la perspectiva del espíritu. Aquellos familiarizados con las enseñanzas del budismo podrán identificar que de todo lo que se trata el proceso de liberación en esta tradición, es del desapego a los deseos sensoriales, al placer material y a las pasiones del cuerpo. “Cada vez que te llenas de deseos tus sufrimientos se multiplican como una espesa enredadera. Pero si subyugas tus deseos, las penas se irán resbalando como gotas de rocíos que caen de la tersa flor de loto”. Así son las palabras pronunciadas en el Dhammapada, texto que repite la misma idea una y otra vez: “¡Aligera tu bote, buscador! Que con menos carga se navega mejor”.
Los aforismos de los Yogasutras de Patanjali aportan reflexiones adicionales. Sus yamas y niyamas han sido interpretados como preceptos éticos a seguir desde el punto de vista personal y universal. El principio del aparigraha (generosidad, “no acaparar”, “no apoderarse de todo”) llama a la no acumulación y al rechazo de los deseos materiales, innecesarios: “Cuando el hombre deja de interesarse en la adquisición de bienes inútiles recibe el conocimiento de sus existencias pasadas, presentes y futuras”. Bien conocida es también para los católicos la frase respecto a que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. Una economía centrada en lo material solo encontrará como medio de crecimiento la satisfacción de los crecientes deseos mundanos, lo que constituye en esencia una barrera insalvable para el anhelo humano de liberación. Así, una Nueva Economía tomará la riqueza material como un medio y no como un fin, solo como algo necesario para poder desarrollar esferas y capacidades superiores que lleven finalmente a la felicidad plena y a la vida perfecta.

Distintas tradiciones enseñan también que no somos los humanos los propietarios de la naturaleza, ni de la riqueza material que a partir de ella producimos. Más bien, somos solo administradores. De acuerdo a la interpretación que hace P. R. Sarkar, “este universo es la proyección mental de Brahma [la Conciencia Suprema]; por lo que la propiedad del universo pertenece a la Entidad Suprema y no a ninguno de los seres que Él imaginó. Todos los seres vivos pueden disfrutar de su legítima parte en esta propiedad… Como miembros de una familia conjunta”. Desde el cristianismo gnóstico y respecto a la propiedad, se dice de Jesús hablando en el Evangelio de Acurio: “La riqueza del hombre no consiste en lo que él aparentemente tiene: tierras, plata y oro. Estos son mera riqueza prestada. Ningún hombre puede acaparar los regalos de Dios. Las cosas de la naturaleza son cosas de Dios, y lo que es de Dios pertenece por igual a todo hombre (…) Dios no da al hombre riqueza para que la esconda en bóvedas secretas. El hombre no es sino el administrador de la riqueza de Dios, y debe usarla para el bien común”. Esta perspectiva de administradores, más que de propietarios, nos confiere sin duda una responsabilidad ante los materialmente desfavorecidos. En un nuevo paradigma ético y económico, ningún hombre o mujer puede ser privado de lo que le pertenece cada uno por derecho propio, de forma independiente de los méritos que se crea que cada uno tenga.

 

Un llamado a la acción

La reflexión que aquí hemos hecho es solo un vistazo de las posibilidades que ofrece la unión entre la economía y una ética derivada del reconocimiento de la realidad de la dimensión del espíritu. Sin embargo, la construcción de este nuevo paradigma requiere del esfuerzo de todos y todas. Ante la mayoritaria inercia de quienes que se supone deberían guiar los aspectos políticos y económicos de nuestra sociedad, no nos queda más que asumir nosotros la acción por el cambio. Sin dudas que, en la medida en que nuestra comunicación se base en la una ética distinta y superior, esta verdad resonará en todas las personas que se identifiquen con la necesidad de un cambio de paradigmas, orientando la nueva sociedad a una ética de la compasión, de la solidaridad, del bien común y del esfuerzo individual por un desarrollo humano verdadero. No hay que olvidar tampoco que la forma de transmitir y acercar esta nueva realidad es principalmente a través del propio actuar. Este es un esfuerzo permanente, y es también uno de los componentes esenciales para la recuperación de las mentes y los corazones para el verdadero propósito de desarrollo.

 

Autor: Felipe Correa Mautz
Artículo cedido por Mundo Nuevo

Felipe Correa Mautz

Es Economista, Licenciado en Ciencias Económicas y Magíster en Análisis Económico de la Universidad de Chile. Miembro de la Red de Estudios Nueva Economía. Actualmente se desempeña como Asistente de Investigación en temas de desarrollo económico para América Latina y el Caribe, en la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe).

 

Felipe Correa fue ponente en la primera edición del Congreso Gestores de Conciencia por la Paz, en el que nos habló de la economía personal como un camino de paz. Te invitamos a ver un fragmento de la ponencia a continuación:

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