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EXPERIENCIA KALLAWAYA, Bolivia, agosto 2017

Regresando, en el avión tuve la oportunidad de conversar con una persona que había contratado una caminata con un guía y me comentaba la mala experiencia. Se sentía asaltada en su buena fe y maltratada, esto me dio a pensar que afortunados fuimos al poder contar con un guía dispuesto, atento, amable, íntegro y ocupado a todo momento por el grupo incluso en actividades no contratadas y obviamente se debe también a la buena diligencia previa realizada por Crusa que invirtió tiempo, voluntad, dinero en asegurar que todo marchara de acuerdo a lo planificado.

La experiencia empieza en el viaje mismo, el ir reconociendo las oscuridades y el desorden, la violencia plasmada en las paredes, el miedo, la suciedad y la confusión que hacen sentir opresión y malestar, como si nuestra sombra se manifestara en cada esquina, en cada casa no terminada, en cada bloqueo encontrado, como una barrera puesta a propósito como prueba para la etapa siguiente. Un tiempo de reflexión y de ejercitar la compasión para enviar luz.

Otro aprendizaje, no solo el deseo y la voluntad de enseñar y aprender basta, sino el contar con la visión y aprobación del otro. Hay que seguir un protocolo, anunciar previamente y ser aceptado.

La aceptación con humildad, la adaptación, la flexibilidad y el trabajo grupal permanente fueron el sostén especialmente en los momentos de fragilidad individual en los ascensos y en los retos de salud.

La lectura inteligente en grupo, las pausas y reflexiones y el encontrar analogías entre la realidad kallawaya y el proceso sintergético fueron un gran aporte y motivación para mí y sobre todo las meditaciones grupales tempranas y el cantar mantras fueron un modo de afinar el instrumento y aportaron mucha alegría.

 

Diez palabras aparecen como resultado del viaje:

La primera palabra es gratitud a la vida por permitirme vivir la experiencia grupal y sentir la vibración de una tradición milenaria que me reconforta y reafirma mis convicciones. Gratitud con el grupo y con la oportunidad de relacionarme con cada uno, con su visión del mundo, con su experiencia y su vivencia de la peregrinación. Gratitud con Manuela quien a través de su dolor nos permitió manifestar la solidaridad. Gratitud con Jorge por su aporte permanente de mostrarnos con claridad lo que está detrás de la apariencia y la enseñanza a través de la práctica. Gratitud con los Apus y lagunas que nos permitieron sentir lo sagrado y nos acogieron amorosamente. Gratitud con los maestros kallawayas maestros de la analogía y del conocimiento natural. Gratitud a los que nos alimentaron y se ocuparon de nuestra comodidad diaria. Gratitud con nuestro guía por su incondicionalidad, disposición y capacidad de resolución de situaciones.

La segunda, alegría, traducida en vitalidad y el deseo incansable de recorrer el territorio y recibir a través de cada sentido la magia y la sabiduría.

La tercera, humildad, de reconocer mi ignorancia y mi limitación.

La cuarta, el regocijo de compartir cada mañana la meditación, el canto y el yoga solar.

La quinta, la certeza del camino escogido, a pesar de las limitaciones, de las dificultades-

La sexta, la fortaleza, derivada de la integración con el paisaje, con cada rostro, con el rio, la montaña, las alpacas…

La octava, aprendizaje, de los errores, de las formas sociales, del respeto a los órdenes jerárquicos de las comunidades…

La novena, compromiso, sabiendo que trabajamos por el plan, por un orden superior más allá de nuestra limitada visión.

La décima, libertad.

Dr. Baltazar Mejía

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