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EN EL SILENCIO DE LA MENTE

 

Más de una vez habremos visto edificios antiguos, especialmente ermitas o iglesias, cuyos muros y estructuras rectas y rígidas se habían desplomado, y lo único que quedaba en pie era el arco de entrada o las bóvedas. Las formas rígidas sufren un gran estrés de compresión y tensión ante la gravedad, y caen antes que lo que está en sintonía con la naturaleza, las formas orgánicas, como los arcos, domos, bóvedas de cañón o ábsides.

De la misma forma, con el paso del tiempo, lo único que queda en pie en nuestro interior son los momentos de consciencia, de vida real y natural, sin artificios, sin deseos o ambiciones, aquello que está en sintonía con nuestra verdadera naturaleza.

El hielo se transforma en agua líquida y ésta en hielo. ¿Depende del agua estar en un estado o en otro? No, depende de factores externos que le llevan de un estado a otro, quiera o no quiera, lo desee o no lo desee. Cuando alguien desea ser feliz y busca llegar a ser feliz, no lo conseguirá mientras ese deseo dirija su búsqueda, al menos no de forma estable y duradera. Felicidad e infelicidad, agua y hielo. ¿Quiere esto decir que no hay que hacer nada o que no hay nada que hacer? Me refiero a que el que busca encuentra, pero no siempre lo que desea o pretende. Si buscamos la felicidad, es más difícil encontrarla que si no lo hacemos, pero cuando dejamos que suceda aparece de forma natural, como el hielo que se transforma en agua cuando el calor actúa sobre él, como cuando la consciencia actúa sobre el deseo y lo diluye. Como el arco que se mantiene en pie cuando todo lo demás ha caído. ¿Somos el hielo duro e inmóvil o somos el agua que fluye buscando el vasto océano de la conciencia? ¿Somos la estructura rígida y artificial o somos la forma armónica que se suma a la naturaleza, a nuestra naturaleza?

La envidia, la ira o el egoísmo forman una barrera infranqueable para la felicidad, y surgen cuando hay inconsciencia. Si no somos conscientes de nosotros mismos y de nuestra realidad estamos en manos de los cambios que se producen alrededor. Es más efectivo tratar de ser conscientes que tratar de no tener ira u otras emociones descontroladas. Si tratamos de dominarlas, es como si pusiésemos una piedra en el cauce del riachuelo, el agua la sorteará y aparecerá por otro sitio. Dejemos que el agua siga su camino, seamos conscientes de su transcurrir y comenzará a aquietarse hasta llegar al lago sereno de la consciencia.

LA FELICIDAD

Debemos entender que la felicidad no forma parte de nuestro carácter o de nuestro empeño; es más un abrir la puerta para que en un momento dado pueda entrar. Y eso sucede cuando somos conscientes, y aquí sí que podemos hacer mucho por nuestra parte. Cuando somos conscientes, somos amables, cariñosos, compasivos… y entonces estamos invitando a la felicidad a entrar en nosotros, en nuestra vida.

Cuando somos conscientes es difícil enfadarse, tener ira, envidia o ser ambicioso. La verdadera transformación viene de ser consciente. Y no es algo que uno controle, es algo natural; simplemente sucede de forma espontánea, no es algo que se “piense”. El pensamiento, en realidad, no puede responder a lo que en verdad tiene verdadero valor en la vida. Por eso cuando uno se pregunta “quién soy” el pensamiento no puede responder, y en su lugar aparecen los condicionamientos, los deseos y las emociones.

Y si creemos que nos conocemos, que sabemos quiénes somos, es que no nos conocemos y que no sabemos quiénes somos, y no comprendemos lo que en realidad somos, lo que podemos ser sin necesidad de pretenderlo, sin tratar de forzar que suceda. Es como intentar entender qué ocurre en la mente mientras meditamos. En cuanto tratamos de racionalizarlo, desaparece y surge el ruido. Y en este contexto mental de ruido no podemos estar realmente en nosotros mismos, en nuestra realidad, no podemos ser realmente conscientes.

La única respuesta procede de la propia conciencia y ésta no se manifiesta con palabras, de la misma forma en que la razón no puede saber cómo serían nuestros pensamientos si no hubiese palabras que los compusiesen.

No podemos conocernos racionalmente, pero sí podemos ser conscientes de nuestro ser auténtico, ése que, muchas veces, se encuentra tras gruesas capas de pensamientos, ideas preconcebidas y condicionamientos. Y ese ser se respeta a sí mismo y a los demás: quien se respeta a sí mismo y a los demás, se reconoce en sus actos, en su consciencia. Entonces se establece un diálogo abierto entre nosotros y la totalidad. Y este diálogo se convierte en un juego enriquecedor de la integridad del ser humano, fundamental para su desenvolvimiento espiritual.

EL PENSAMIENTO, EN REALIDAD, NO PUEDE RESPONDER A LO QUE EN VERDAD TIENE VERDADERO VALOR EN LA VIDA

En este fructífero caldo de cultivo interior, la mente serena se ordena a sí misma en una especie de estado de equilibrio, armonía y paz, abandonando los patrones habituales de caos, ya que el caos existe porque hay inconsciencia, ira o temor, y estos lastres existen porque no somos conscientes. Y al no ser conscientes buscamos formal e insistentemente la desdicha con la excusa de buscar la felicidad. Porque todos queremos ser felices, pero buscamos en el sitio equivocado.

Si una de las causas de la infelicidad es el deseo, no puedo desear la felicidad y esperar alcanzarla. Si deseo ser feliz, es porque no lo soy en este momento, y entonces proyecto ese deseo al futuro, un futuro que nunca llega. Es como si quisiésemos coger el balón dándole patadas para apartarlo; cada vez que nos acercamos lo volvemos a alejar.

Tenemos a nuestra disposición la más potente de las locomotoras: la consciencia, pero la esquivamos con la ilusión y el deseo de un mañana mejor; estamos tirando denodadamente la leña por la ventanilla en vez de ponerla en el hogar que calienta la caldera y permite que el tren avance. Y, claro, por mucho esfuerzo que hagamos, la locomotora no llega a la meta deseada, y ni siquiera avanza un milímetro.

A poco que seamos conscientes de la realidad, entenderemos que la riqueza o el supuesto éxito no dan la felicidad. He viajado por muchos países y son justamente los más ricos donde más personas infelices podemos encontrar, muchas más que en países donde incluso se pasa hambre y penurias. Deberíamos reflexionar sobre esto y ver su reflejo en nuestras vidas, en nuestro comportamiento, en nuestros objetivos y deseos.

En los países occidentalizados hay una búsqueda denodada de la felicidad. Y es precisamente esa misma búsqueda la que la oculta. Queremos recetas de la felicidad, pero no las hay. Lo único que podemos hacer es tratar de ser conscientes y después dejar que suceda lo que tiene que suceder: andamos paseamos, contemplamos las estrellas, tejemos una bufanda, pintamos una pared o un cuadro y, de pronto, serenamente, conscientes de lo que hacemos, surge la felicidad.

EL SILENCIO

Nuestra conciencia nos habla a través del silencio, pero la mente discursiva es la protagonista en el barullo externo, que tiene su reflejo en el interno, y por ello teme al silencio. En ese contexto, el ruido nos impide escucharnos, impide una relación fluida con nuestra verdadera naturaleza.

En el silencio de la mente se encuentra la serenidad, y muchos no quieren estar a solas con ella por miedo a reconocer que no saben quiénes son, por miedo a tener que cambiar, por miedo a perder lo que creen que tienen, por miedo a no ser lo suficientemente dispuestos para hacerlo. Pero no hay que temer, ese valor reside en todos nosotros y la capacidad para lograrlo también.

La mente discursiva suele percibir el silencio como un enemigo, y trata de buscar ruido de fondo donde se encuentra cómoda y en su elemento de barullo y confusión. Inversamente, la mente serena tiene en el silencio su mejor aliado, y se encuentra en su elemento natural. El silencio no tiene fronteras, ni forma, es inabarcable, por eso la mente discursiva y limitativa lo teme, porque no puede comprenderlo y apresarlo.

Cierto es que cuando entramos en el silencio, suele haber una resistencia inicial en contra. Luego, poco a poco, la mente comienza a sosegarse en él, a confiar, a vencer el temor a lo desconocido. Incluso, a veces, en la práctica de la meditación nos aferramos a la concentración sobre un objeto para evitar el silencio de la mente. La concentración, generalmente, es un acto de la voluntad; el silencio es un estado de la mente, el verdadero camino de la meditación, de la práctica de la mente serena. En ese estado, el mundo se crea desde dentro hacia fuera. El objeto, sea el que sea, deja de ser un asidero, y fluye en la mente como un pensamiento más. Llega, y se desliza sin dejar huella.

En la práctica de la meditación buscamos la postura correcta la espalda recta, afianzados, asentados en nosotros mismos. Y buscamos nuestro lugar: el silencio es un espacio, un lugar al que llegamos. Entramos en el silencio… Estamos en el silencio… Somos el silencio…

Sin forzar. Quietud interior en la quietud exterior. Observamos lo que hace el cuerpo, y vemos que es un reflejo de lo que sucede en nuestro interior. Y comprendemos que no estamos en el mundo exterior ni en el interior, estamos presentes en nosotros y, al ser conscientes, percibimos que no hay ni dentro ni fuera.

¿Hielo en un mundo estático o agua fluyendo alegremente entre las piedras y las flores? La realidad se va fundiendo en nosotros.

RAÚL DE LA ROSA. Autor de Serena mente. Ediciones i

www.rauldelarosa.org

Artículo publicado en la Revista Vivo Sano nº20

 

Raúl de la Rosa, escritor y autor de Serena mente.

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