ASCENSO AL ACAMANI

16-VIII-17

Iniciamos la jornada como siempre a las 06:00 con una meditación que nos permita invocar a nuestra naturaleza superior para unirla con la inferior, construyendo el antakarana, el puente de luz que conecta sustancias de distintos planos y que se va formando a través no sólo de la meditación, sino de todas nuestras renuncias, sacrificios, desapegos y servicio desinteresado e impersonal.

Preparamos nuestro campo físico-etérico, fortaleciéndolo y anclándolo a través de sus chacras secundarios a los principales.

De forma muy especial trabajamos sobre nuestro campo emocional para poder ofrendarnos como grupo en el ascenso al acamani, la montaña sagrada. Visualizamos las dificultades del camino y el aprendizaje ímplicito en ellas, para convertirnos en ofrenda viva a través de nosotros mismos a los achachillas (en Aymara designación de la divinidad que es dueña de los lugares sagrados) a los grandes guías y a los devas que nos esperan en el Acamani, como si pudiéramos ascender al amor incodicional y espiritual de Budhi y con esa energía de puro amor bañamos nuestros cuerpos emocionales y nos conectamos a través de esa onda de amor al propósito y la voluntad del Alma para disolver los nubarrones y oscurecimientos de la mente inferior y así prepararnos para este servicio grupal en el que incluimos a todos los compañeros que en esta ocasión no pudieron acompañarnos.

Cuando iniciamos el ascenso lo hacemos invocando la fuerza del alma grupal, para que de alguna manera, sea el Alma quien camine en nosotros y así vencer la tendencia de la personalidad a la queja, la fricción y la resistencia al esfuerzo.

Nos sentimos alegres, el día es magnífico y podemos ver la cima nevada del acamani con toda claridad, tanto que pareciera que se pudiera tocar y cada quien a su ritmo vamos caminando, sintiendo la fuerza de la montaña como expresión del primer rayo, el de la voluntad y el propósito.

Marcho feliz, sintiéndome en comunión con el grupo, los Kallawayas y la naturaleza en todo su esplendor y noto esa conexión más real, verdadera y profunda que todas las percepciones y conceptos en los me muevo habitualmente.

Hasta que aparecen todas las experiencias vividas que se mezclan en un caleidoscopio por momentos intenso, es entonces cuando para aquietar la mente comienzo a recitar en silencio algunos mantrams que me sirven para volver a la alineación inicial y sigo caminando… paso a paso y relexiono.

Reflexiono sobre las palabras de Jorge en la meditación de la mañana hablándonos de emplear el ascenso a la montaña como una alegoría de la construcción del Antakarana y procuraba vivir cada uno de mis pasos como un acercamiento a mi naturaleza superior, allí dónde todos somos uno dentro de la conciencia divina y cómo llevando mi pensamiento enfocado a esa realidad, y por tanto mi energía, estaba ensanchando y haciendo más obvio ese camino, permitiendo que la luz del alma iluminara mi personalidad disolviendo oscurecimientos, dudas y temores en un proceso de transformación que va desprendiendo los elementos negativos para ir posibilitando que afloren las virtudes y potencialidades del alma. Y como este proceso se facilita muchísimo desde la conciencia del grupo y se dificulta tanto desde mi propia individualidad.

Seguimos ascendiendo y cada vez se van haciendo más estrechos los senderos y más pronunciada la subida y me va costando más mantener la mente enfocada en esos pensamientos sublimes, hasta que súbitamente vuelvo a ser consciente de mi vulnerabilidad y aparece el miedo, tomo conciencia de cómo un mal paso puede precipitarme montaña abajo y comienzo a entrar en pánico, se desordena la respiración, aparece la víctima que se ve incapaz de continuar ascendiendo, la vergüenza por no conseguir el propósito del alma y de golpe todos los patrones asociados a esta. Y entonces… la magia del alma grupal se hace evidente a través de un compañero que se acerca a mí, me abraza y a través de su propia alineación recupera la mía y juntos, desde el alma seguimos avanzando, convirtiendo el miedo en coraje para seguir.

Culminamos el ascenso llegando a la laguna Chochoja y el espectáculo es magnífico, la alegría inmensa por haberlo conseguido y tomo conciencia de cómo el esfuerzo siempre se ve recompensado. En todos mis compañeros hay la misma expresión de dicha y todas las miradas brillan con una luz especial.

Allí vamos a plantar las antenas y a seguir cargando la esencia iscamani con la información sagrada de esta peregrinación.

En el primer lugar escogido y tras cantar unos mantram dirigidos por Mikel, sembramos la antena y nada más hacerlo, apareció una salamandra como aceptando con su presencia desde el mundo animal del lugar la presencia de esa resonancia de amor y orden.

A continuación, recogimos florecillas que crecían por allí para construir un altar sostenido por el mundo vegetal y cuyos pétalos nos sirvieran como símbolo del Alma y realizamos la ceremonia de la nueva siembra, dentro de una antigua construcción que utilizaban para guardar el ganado que se asemejaba como por casualidad a un gran corazón, allí dentro nos dispusimos formando los doce pétalos del corazón cada uno de nosotros, cada quién en el territorio de la conciencia que el alma eligió por él y así fuimos realizando la responsabilidad, la inclusividad y la participatividad en el territorio de la tierra.

Lo soledad, la serenidad y la calma en el del agua.

El desapego, la divina indiferencia y la impersonalidad en el del fuego.

La intuición, la sabiduría y la libertad en el del aire.

Mientras Jorge mantenía el amor incondicional como la mónada del chacra del corazón.

Nuestro amoroso guía y compañero Willy, los dos guías de la zona, Victor, hijo de médico Kallawaya y Andrés y la dos cocineras, Alicia y Pacesa, formaban fuera la estrella de 5 puntas, símbolo humano.

Y así nos consagrábamos a la tarea de ser puentes en el retorno de Cristo en una bellísima ceremonia de ofrenda viva.

Mi agradecimiento a Jorge, a todos y cada uno de mis compañeros de grupo, a Willy, Andrés, Victor y a través de ellos a toda la comunidad Kallawaya, a Alicia y Pacesa por la formidable y transformadora experiencia vivida junto a ellos.

Dra. Lourdes García de Nero

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