Tememos a la tristeza, así como los niños temen a la oscuridad. Se teme lo que no se conoce. La tristeza no puede ser sino una parte de nosotros mismos, huir de ella es negarnos. Regodearse en ella, también.

El año tiene primavera y otoño, las jornadas su día y su atardecer. Si permitimos que en nuestro paisaje interior quepan las luces y las sombras, la vida encenderá de fuegos rojos los más bellos amaneceres y los colores de nuestras puestas de sol opacarán a las piezas del Prado.

Está “de moda” la luz, se vende al por mayor en manuales de diez pasos. “Cómo conseguir lo que quiere”, “cómo ser quien quiere”, “cómo triunfar”. Pronto tendremos el síndrome de la culpabilidad por no ser top model o empresario de éxito en un año, si es que no lo tenemos ya. Todo tiene solución según la moda de la luz, en unos cuantos pasos rápidos.

¿Y si la realidad fuera que el dolor y la tristeza son una realidad? ¿Y si aprendiéramos de una vez, que la tristeza tiene una belleza infinita en sí misma y no tenemos porque avergonzarnos de ella, ni negarla, ni huir? ¿Y si nos atrevemos a ver la tristeza como una parte más de la vida y la aceptamos? Aceptarla es sentirla, respirarla, aprender de ella.

La tristeza nos da profundidad, nos hace empáticos, nos conecta más hondo con otros. Nos hace sensibles, y esa es una gran cosa ya que nuestra sensibilidad es la medida de nuestra humanidad. Quien ha vivido su tristeza no puede no ser solidario con los que sufren, no puede ser indiferente con lo injusto; no puede ser frívolo.

La tristeza tiene una relación íntima con la belleza, está en la esencia misma de la música más hermosa que jamás ha sido compuesta; los mejores poetas la conocen como al atardecer y su misterio.

El amor la conoce como nadie, porque ha ascendido desde el apego, y las pérdidas le han forjado libre. El amor goza del presente sabiendo que el presente se va y lo vive intensamente, en una tristeza alegre, que grava a fuego el instante para que nada se pierda. Sólo el que mucho ha perdido aprende del arte de no perder, y eso lo enseña la tristeza.

Ps. Isabella di Carlo.

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